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Por qué hubo un tiempo en que el aluminio era más caro que el oro

Mire a su alrededor y observe. Es probable que muchos de los objetos que le rodean estén hechos de aluminio. Sillas, cubiertos, mesas, ventanas, latas, herramientas, coches… Los usos de este metal ligero son amplísimos. Sin embargo, su valor es más bien poco apreciado por cualquier ciudadano. Hubo un tiempo, sin embargo, en que esto no fue así. Hasta tal punto de que era más caro que el del oro y otros metales preciosos.


Todo ello a pesar de que es –y era- uno de los elementos más comunes en la Tierra. No en vano, se encuentra en la arcilla y representa alrededor del 8% de la corteza terrestre. El problema es que es prácticamente imposible encontrarlo en estado puro, es decir, en la forma metálica que tanto sirve para el uso humano. El oro, por el contrario, es mucho menos abundante y se presenta habitualmente en estado puro.


El aluminio aparece fundamentalmente en otros compuestos, como la bauxita o el sulfato de potasio, conocido como alumbre de potasio, muy utilizado en el pasado para curtir cueros y textiles con los que protegerse de los incendios y que hoy en día se usa para elaborar aftershaves o desodorantes. Para obtenerlo como el metal que todos conocemos, por tanto, es necesario separarlo de otros elementos. Y es precisamente este proceso el que hizo que durante mucho tiempo se considerada un bien más preciado incluso que el oro, a pesar de ser tan abundante.


El motivo es que separar el aluminio de otros elementos era muy costoso. La existencia del aluminio como metal individual se descubrió a finales del siglo XVIII. No fue sin embargo hasta 1825 cuando Hans Christian Oersted lo aisló por primera vez. Se requirió una enorme cantidad de energía para hacerlo, de ahí su precio tan elevado. El experimento fue evolucionando en los años posteriores hacia aluminios más puros y ligeros. Pero sus costes seguían siendo altos.


En 1854, Henri Sainte-Claire Deville desarrolló un método para producir aluminio a una escala mayor con el uso del sodio. Un año más tarde 12 pequeños lingotes de aluminio fueron exhibidos en la "Exposición Universal" en Francia. Eran ligeros y brillantes. Su demanda se disparó inmediatamente, especialmente para la elaboración de joyas para las élites francesas. Aquello enfureció a Deville, que estaba convencido de que aquel metal podía tener aplicaciones mucho más provechosas que engalonar a los ricos, según señala la web Today I Found Out.


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La aparición de la bauxita


Así lo creía también Napoleón III, quien tiempo atrás había otorgado un presupuesto para investigar y desarrollar su producción. En su caso, no obstante, los fines previstos eran mucho peores, puesto que en su mente estaba fabricar armas y armaduras para su ejército. El furor por aquel metal ligero era tal que según cuenta la leyenda el emperador comía en platos de aluminio, dejando los de oro para los invitados.
Pero aquello cambió 30 años después, cuando en 1886 se descubrió que se podía producir fácilmente grandes cantidades de aluminio a través de la electrólisis. En 1889, Karl Bayer dio un paso definitivo al revelar que era posible obtener óxido de aluminio de una roca, la bauxita.


Aquel descubrimiento, denominado Bayer y que es la base sobre la que se sustentan los procesos actuales, derrumbaron los precios del aluminio un 80% de la noche a la mañana. En unos años pasó de ser el metal más caro de la Tierra a uno de los más baratos. En 1852 el kilogramo de aluminio se vendía por 1.200 dólares. Cincuenta años después, apenas alcanzaba el dólar.

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